miércoles 10 de febrero de 2010

BizChina: CCTV Internacional


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viernes 22 de enero de 2010

Hoy, Festival La Ba

El Festival Laba se celebra el octavo día del duodécimo mes (del calendario lunar).

Esta tradición se remonta a la antigua costumbre de las ofrendas a los dioses durante el último mes. En el ritual, los participantes festejaban juntos y comían carne como una expresión de unidad en el acto de alimentarse.

Laba también es conocido como el festival Laji (Festival de ofrendas de fin de año).

Médico chino describe situación de Haití en su diario personal

Wang Mingxin, médico del equipo de rescate chino en Haití, ha sido testigo de la destrucción y de las labores de rescate en la capital haitiana, que fue asolada por un terremoto de 7,3 grados de magnitud en la escala de Richter la semana pasada.

14 de enero (jueves). Nublado.

Fuimos informados poco después de nuestra llegada a Puerto Príncipe a las 2:20 de la mañana:
Los derrumbes de edificios son habituales en la ciudad, ya que se utilizan débiles ladrillos huecos para construir edificios; el derrumbe de las cárceles ha provocado que muchos presos salgan libres a las calles; ocho ciudadanos chinos trabajando para la misión de la ONU en Haití están desaparecidos y se cree que están sepultados entre los escombros.

Mientras los otros rescatistas chinos están montando un control de mando de campo en tiendas de campaña, varios de nosotros acudimos a la sede de la Misión de Estabilización de la ONU, donde nos encontramos con un equipo de rescate estadounidense que ha llegado al lugar media hora antes.

Los rescatistas estadounidenses han encontrado a un superviviente en el edificio de la ONU, pero no han encontrado más señales de vida aquí.

Mientras esperamos que llegue el equipamiento especial para rescates, inspeccionamos el edificio de la ONU, que tiene siete pisos sobre el terreno y otros tres subterráneos. Los pisos a partir del tercero han colapsado completamente.

Se cree que el personal chino en la misión de la ONU se encontraba en el cuarto piso cuando se produjo el terremoto.

Han pasado ya 48 horas desde el terremoto, y con ellas se van desvaneciendo las probabilidades de encontrar más supervivientes en el edificio de la ONU.

Pero el jefe de las operaciones de rescate ha decidido que tenemos que encontrarlos a todos, vivos o muertos, y llevarlos de regreso a casa.

El camino que debemos seguir hasta los enterrados en los escombros es señalado desde el tejado del edificio derruido.

Como médico del equipo de rescate, mi misión era trabajar con una clínica móvil delante de la oficina del primer ministro de Haití.

Cuando los haitianos que estaban buscando refugio en un jardín delante de la oficina del primer ministro vieron la clínica, corrieron hacia nosotros, en busca de tratamiento para heridas externas y fracturas de huesos, sobre todo.

El 95 por ciento de las heridas estaban infectadas, lo que puede provocar, en ciertos casos, daños permanentes o incluso resultar fatales.

Comenzamos inmediatamente a tratar a esas personas con lo que teníamos en el momento.
Para las 5:30 de la tarde, cuando teníamos que regresar a nuestro control de mando para reponer medicamentos y equipos médicos, habíamos tratado a más de 100 personas.

15 de enero (viernes). Soleado.

A las 4:00 de la mañana me despertó una serie de temblores dinámicos, que rápidamente comencé a reconocer como réplicas y empecé a acostumbrarme a ellas.

Los médicos nos dividimos para trabajar en la clínica móvil y en la sede de la ONU.

El trabajo de ayer nos hizo muy populares y bien recibidos entre la gente delante de la oficina del primer ministro, donde cada vez más gente se reunía para recibir tratamiento. La eficiencia de nuestro trabajo ha aumentado después de que la oficina del primer ministro encontrase varios voluntarios que hablan inglés, que nos ayudan a traducir.

Nuestra principal tarea es limpiar las heridas de arena y polvo y distribuir antibióticos para evitar que se infecten.

Para evitar posibles brotes de epidemias, lo que acompaña habitualmente los terremotos, hemos decidido, además de nuestros tratamientos médicos rutinarios, extender las labores de desinfección a centros y campamentos de refugiados.

16 de enero (sábado). Soleado.

Me despierto otra vez sobre las 4:00 de la mañana, pero esta vez por la cegadora luz de una linterna. Sólo oigo una orden seca: "Todos arriba y en formación".

Mientras estábamos formados atentos a nuestro mando de campo, se nos confirmó lo que ya nos temíamos: Estaban llegando los restos de uno de los ciudadanos chinos desaparecidos en la misión de la ONU.

Corrí a la tienda médica para agarrar los equipos y medicamentos necesarios.

Los médicos transferimos los restos desde la ambulancia a un camión frigorífico.

Después fueron llegando más restos de miembros chinos de personal de la ONU, y trabajamos sin parar para tratarlos y prepararlos para su viaje final de vuelta a casa.

Sobre las 19:00, la esposa del primer ministro haitiano vino en persona a nuestro campamento para darnos las gracias. Elogió altamente nuestra labor en la clínica.

17 de enero (domingo). Soleado.

Otra vez me desperté a las 4:00 de la mañana por unas fuertes réplicas que no nos molestaron mucho.

Después del alba, nos enteramos de que íbamos a despedir los restos de los ocho miembros chinos del personal de la ONU en el aeropuerto, donde un avión chino había traído poco antes materiales de ayuda por valor de dos millones de dólares -- agua potable, alimentos, medicamentos y material médico.

A las 8:00 de la mañana, nos reunimos delante del control del mando de campo para presentar nuestros últimos respetos a los restos de quienes habían venido a trabajar en las misiones de pacificación y mantenimiento de la paz de la ONU y habían perdido sus vidas por ello.

Muchos de nosotros lloramos cuando los camiones frigoríficos salieron del campamento rumbo al aeropuerto.

Lloramos, porque entre los fallecidos se encontraba un jóven padre que nunca conocería a su hija; se encontraba una madre que llevaba mucho tiempo lejos de su hijo; y había maridos que habían estado mucho tiempo sin ver a sus esposas e hijos.

"Que tengáis un pacífico viaje de regreso a casa".

Esto es lo que pudimos decir para despedir a nuestros ocho compatriotas que serán recordados no sólo por los chinos, sino también por los haitianos y los amantes de la paz de todo el mundo debido a que dedicaron sus vidas a la paz.

Equipo de rescate chino continúa labores en Haití a pesar de violencia

El equipo de búsqueda y rescate de China en Haití sacudida por el sismo continúa con los esfuerzos de rescate y la ayuda médica para la gente local a pesar de la frecuente violencia y saqueos, anunció el día 21 la Administración de Sismos de China (CEA en inglés).

Los miembros del Equipo de Búsqueda y Rescate Internacional de China, principalmente de la CEA, tienen que llevar a cabo operaciones de rescate bajo la protección de los cascos azules chinos ahí, dijo Miao Chonggang, subdirector del departamento de rescate de emergencia de la CEA.

La administración supo por los miembros del equipo que la situación de seguridad en Puerto Príncipe, capital de la nación caribeña, es muy mala y que hay saqueos violentos ocasionales, indicó Miao. "Sin embargo, trabajan con entusiasmo ofreciendo operaciones para los heridos y ayuda sicológica para la gente con traumas", agregó.

Dijo que Haití, sacudida por un sismo de 7,3 grados de magnitud el 12 de enero, sigue con necesidad urgente de trabajadores e instalaciones médicas.

El equipo de búsqueda y rescate chino ha buscado en más de 30 edificios y recuperado 15 cadáveres de víctimas por el sismo desde que llegaron a Puerto Príncipe dos días después del sismo.


jueves 21 de enero de 2010

Otra vez la nieve...

Después del frío, las nevadas, el sismo, los cuerpos rescatados y sus honras fúnebres, estoy de vuelta en facebook VNP mediante, parafraseando el "Dios Mediante" de mi tía católica, apostólica y romana.

Del regreso existe toda la expectativa de resucitar un pasado, pero como no tengo tiempo para reseñarlo, se me ocurre postear estas fotos de la nevada más grande de los últimos 50 años.

Carreteras bloqueadas, emergencias, alertas amarilla y naranja, clases suspendidas, desaparecidos... Bejing sin taxis, calles resbaladizas... el caos. Pero como a toda tragedia hay que sacarle partido, me han tomado estas fotos en la mayor nevada que se recuerde.


Espalando la nieve junto a los personajes de la Leyenda del Rey Mono

Desde la ventana de casa

Video noticia de la nevada (CCTV Español)

domingo 22 de noviembre de 2009

Concluye encuentro de cubanos residentes en China

(Fuente: Nación y Emigración)

China, 21 de noviembre de 2009. Al término de su II Encuentro Nacional, celebrado en la ciudad de Shanghai, la Asociación de Cubanos Residentes en RPCH (ACRCH) emitió una Declaración, en la cual una vez más queda plasmado el apoyo incondicional a la Patria y los deseos de seguir trabajando por fortalecer los nexos y la labor de la Asociación, que pronto cumplirá un año de vida.

Sus miembros, provenientes de las más diversas regiones de este extenso país, ratificaron el apoyo a la labor de la Asociación de Cubanos Residentes en la RPCH y se comprometieron a seguir trabajando por fortalecer la misma y desde esa base continuar defendiendo los ideales de Martí, defendiendo sus valores e identidad cubanos.

jueves 23 de julio de 2009

Poemas chinos... de Cuba

Algún día entrevistaré a Miguel Barnet y le preguntaré por estos versos, responsables de que ahora, esté yo leyendo cuando podría correr bajo esta lluvia que cae sobre Pekín.

En el barrio Chino
Miguel Barnet








Yo te espero
bajo los signos rotos
del cine cantonés
Yo te espero
en el muro amarillo
de una estirpe desecha

Yo te espero
en la zanja donde navegan
ideogramas negros
que ya no dicen nada

Yo te espero a las puertas
de un restaurante
en un set de la Paramount
para una película que se filma a diario

Dejo que la lluvia me cubra
con sus raíles de punta
mientras presiento tu llegada

En compañía de un coro de eunucos,
junto al violín de una sola cuerda
de Li Tai Po,
yo te espero

Pero no vengas
porque lo que yo quiero realmente
es esperarte.

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La paradoja, la dualidad, lo singular.... otro de los poemas chinos. Sin dudas, aún hoy, es como describen los versos.

Poema chino III
Miguel Barnet








Pregunté qué fruta era ésa
que colgaba en ramos de un árbol
tan fino como las venas de la princesa Fu Peng
—Ciruelas, me contestó el edecán.
Pregunté si la grulla esculpida
a las puertas del pabellón de las Bodas
será de jade legítimo.
—No hay otro, me contestó el edecán.
Pregunté a la hora de la cena,
si la raíz de loto era realmente
la comida preferida de la emperatriz.
—Lo era, me contestó el edecán.
Pregunté, al pie de la muralla
si la sangre derramada allí por millones de hombres
que dejaron sus casas enlutadas no era monumento
a la historia de China.
—Lo es, me contestó, grave, el edecán.
Pregunté si aquel dragón tallado en la piedra
Era un símbolo imperial.
—Lo es, me contestó el edecán.
Pregunté si era un dragón con cabeza de león
O un león con cabeza de dragón.
—Lo es y no lo es, me contestó con ironía el edecán.

domingo 19 de julio de 2009

China caótica y kafkiana...!

Es lo único que se se me ocurre gritar -a veces solo en mi crerebro- cuando me enfrento a trámites innecesarios, paradojas culturales, burocracia o cualquier cosa que me parezca ilógica... En fin de cuenta, no es fácil "estar en China". En otros momentos, como ahora, me burlo del caos al burlar el bloqueo a blogspot, entrar a mi blog y publicar mediante trampas hacker.

Una amiga me ha enviado este relato poco conocido de Franz Kafka. Para muchos, Kafka es un "pesado", pero en realidad estaba muy claro de lo catótica que podía ser nuestra querida 中国.

La edificación de la Muralla China
Por Franz Kafka



El extremo norte de la Muralla China ya está concluido. Dos secciones convergieron allí, del sudeste y del sudoeste. Este sistema de construcción parcial fue aplicado también en menor escala por los dos grandes ejércitos de trabajadores, el oriental y el occidental. Se procedía de este modo: se formaban grupos de unos veinte trabajadores, que tenían a su cargo una extensión de unos quinientos metros, mientras otros grupos edificaban un trozo de muralla de longitud igual que se encontraba con el primero.

Una vez hecha la juntura, no se seguía trabajando a partir de los mil metros edificados: los dos grupos de obreros eran destinados a otras regiones donde se repetía la operación. Naturalmente, quedaron con ese procedimiento grandes espacios abiertos que tardaron muchísimo en cerrarse: algunos años después de proclamarse oficialmente que la muralla estaba concluida. Hasta se dice que hay espacios abiertos que nunca se edificaron; aseveración, sin embargo, que es tal vez una de las tantas leyendas a que dio origen la muralla y que ningún hombre puede verificar con sus ojos, dada la magnitud de la obra.

Uno pensaría de antemano que hubiera sido más ventajoso en todo sentido construir la muralla seguidamente, o, a lo menos, seguidamente dentro de las dos secciones principales. La muralla, como universalmente se proclamó y como nadie ignora, había sido planeada como una defensa contra las naciones del norte. Pero, ¿qué defensa puede ofrecer una muralla discontinua? Ninguna, y la muralla misma está en incesante peligro.

Esos pedazos de muralla abandonados en mitad del desierto podrían ser fácilmente derribados por los nómadas, ya que esas tribus, alarmadas por los trabajos de construcción, cambiaban de creencia como langostas, con inconcebible velocidad, y lograban tal vez una mejor visión, general de los progresos de la muralla que nosotros los constructores. Sin embargo, la obra no pudo hacerse de otro modo.

Para entenderlo así debemos considerar que la muralla tenía que ser una defensa para los siglos: por consiguiente, la edificación más escrupulosa, la aplicación de la sabiduría arquitectónica de todas las épocas y de todos los pueblos y el sentimiento perenne de la responsabilidad personal en los constructores, eran indispensables para la obra.
Es verdad que para la tarea más subalterna podían emplearse jornaleros ignorantes -hombres, mujeres, niños, llevados por el mero interés-, pero ya un capataz de cuatro jornaleros, debía ser un hombre versado en albañilería, un hombre que en el fondo del corazón sintiera todo lo que significa la obra. Cuanto más alto el cargo, mayor la exigencia. Y se encontraban tales hombres, quizá no todos los requeridos por la obra, pero muy numerosos.
El trabajo no había sido emprendido a la ligera. Medio siglo antes de empezarlo, la arquitectura y la albañilería, en particular, había sido proclamada en toda la China (que se pensaba amurallar) la más importante de las ciencias, y las otras no eran reconocidas sino en cuanto se relacionaban con ella.

Recuerdo todavía que nosotros, niños tambaleantes aún, nos untábamos en el jardín del maestro, para levantar con piedrecitas una especie de muro, y que el maestro se remangaba la túnica, arremetía contra el muro, lo hacía naturalmente pedazos v nos vociferaba tales reproches por la fragilidad de la obra que nosotros huíamos llorando en todas direcciones en busca de nuestros padres. Un episodio mínimo, pero típico del espíritu de la época.
Tuve la suerte de que la iniciación de la obra coincidiera con mis veinte años y con los últimos exámenes de la escuela primaria.Digo la suerte pues muchos que ya habían completado sus estudios se pasaron la vida sin poder aplicar sus conocimientos y vagaban sin rumbo, llena la cabeza de vastos planes arquitectónicos, sin oportunidad y sin esperanzas.
Pero aquellos otros que lograron puestos de capataces, siquiera en la categoría más subalterna, eran verdaderamente dignos de su tarea. Eran albañiles que habían meditado muchísimo sobre la obra y que no cesaban de meditar en ella: hombres que desde la primera piedra que enterraron se sintieron parte de la muralla.
Es natural que en tales albañiles alentara no sólo la voluntad de trabajar concienzudamente sino la impaciencia de ver terminada la obra. El jornalero ignora esas impaciencias porque no le interesa más que el salario.
Los jefes superiores, y aun los medianos, ven lo bastante del crecimiento múltiple de la obra para mantener en alto su espíritu. Pero con los subalternos, hombres espiritualmente superiores a sus tareas de apariencia trivial, fuerza era proceder de otro modo. Imposible tenerlos durante meses o tal vez años acumulando piedra sobre piedra en una montaña desierta, a centenares de millas de su hogar; la futilidad de un trabajo así, que excedía a los términos naturales de la vida de un hombre, los hubiera desesperado y hasta los hubiera incapacitado para la obra. Por eso fue elegido el sistema de construcción parcial. Quinientos metros solían completarse en cinco años; al cabo de ese tiempo los capataces quedaban exhaustos y habían perdido la confianza en sí mismos, en la muralla y en el mundo. Entonces, en plena exaltación de las fiestas que celebraban los mil metros ejecutados, los expedían muy lejos.
En la travesía divisaban aquí y allá trozos de muralla concluidos, pasaban por altas jefaturas donde les repartían premios honoríficos, escuchaban el júbilo de los nuevos ejércitos laboriosos que surgían del fondo del país, veían bosques talados para apuntalar la muralla, veían las montañas hechas canteras y escuchaban los himnos de los fieles en los santuarios rogando por la feliz terminación de la muralla.

Todo eso aplacaba su impaciencia. La vida tranquila de sus hogares, donde solían descansar un tiempo, los fortalecía; el respeto general que infundían, la credulidad piadosa con que eran recibidas sus palabras, la fe de los modestos ciudadanos en el próximo fin de la obra, todo eso retemplaba las cuerdas de su alma. Como niños eternamente esperanzados decían adiós a sus hogares; el ansia de volver al trabajo colectivo era irresistible. Emprendían viaje antes de lo necesario; media aldea los acompañaba un largo trecho.

En todos los caminos había grupos, arcos, banderas; no habían visto jamás qué grande, rica, bella y digna de amor era su patria. Cada compatriota era un hermano para el que levantaban una muralla protectora y que les agradecería toda su vida, con todo lo que tenía y lo que era.

¡Unidad! ¡Unidad! Hombro contra hombro, una cadena de hermanos, una sangre no ya encerrada en la mezquina circulación del cuerpo, sino rodando con dulzura y sin embargo regresando sin término por la China infinita.Así se justifica el sistema de construcción parcial, pero había también otras razones.

No es raro que me de ore tanto en este punto; por trivial que parezca a primera vista, se trata de un problema esencial de la edificación de la muralla. Para comunicar y hacer comprensibles las ideas y experiencias de aquella época, nunca insistiré lo bastante en esa cuestión.

Primeramente no hay que olvidar que en aquel tiempo se realizaron cosas apenas inferiores a la erección de la Torre de Babel, pero que diferían de ella muchísimo -si nuestros cálculos humanos no yerran- en cuanto a la aprobación divina. Digo esto, porque en los días iniciales de la obra un letrado compuso un libro que desarrollaba precisamente ese paralelo.

Ese libro quería demostrar que el fracaso de la Torre de Babel no se debía a las razones que generalmente se aducen o, mejor dicho, que esas razones conocidas no eran las esenciales. Sus pruebas no sólo se apoyaban en informes y documentos: pretendían haber hecho investigaciones en el sitio mismo y haber descubierto que la torre se malogró -y tenía que malograrse- a causa de lo débil de los cimientos.

Pero bajo ese respecto nuestro tiempo era muy superior a ese otro lejano. Casi no había un contemporáneo educado que no fuera albañil de profesión e infalible en materia de cimientos. No era esto, sin embargo, lo que el escritor quería demostrar; su tesis era que la gran muralla ofrecería por primera vez en la historia una sólida base para una nueva Torre de Babel. Primero la muralla, por consiguiente, luego la torre.

El libro estaba en todas las manos, pero debo admitir que hasta el día de hoy no acabo de entender su concepción de la torre. ¿Cómo entender que la muralla que ni siquiera formaba un círculo, sino una especie de arco o de semicírculo, fuera la base de una torre?
Claro está que todo eso puede ocultar algún sentido espiritual. Pero entonces ?a qué levantar la muralla, que al fin y al cabo era algo concreto, que exigía la vida y la labor de hombres innumerables? ¿Y a qué los planos de la torre -planos un tanto nebulosos, en verdad- y los diversos proyectos para encauzar las energías del Imperio en esa vasta empresa?

Había entonces -este libro es sólo un ejemplo- mucha confusión mental, quizá engendrada por el hecho de que tantos hombres persiguieran un mismo fin. La naturaleza humana, esencialmente tornadizo, inestable como el polvo, no tolera ataduras; forcejea contra la que ella misma se ha impuesto y acaba por romperlas a todas, a la muralla y a sí misma.

Es muy posible que esas consideraciones adversas a la edificación de la muralla no dejaran de influir en la autoridades al optar éstas por el sistema de construcción parcial. Nosotros -ahora estoy hablando en nombre de muchos- realmente no sabíamos quiénes éramos hasta haber estudiado los decretos de la Dirección y habernos convencido de que sin ella nuestra sabiduría aprendida y nuestro entendimiento natural hubieran sido insuficientes para las humildes tareas que ejecutamos dentro de la obra vastísima.

En el despacho de la Dirección -dónde estaba y quiénes estaban, eso lo han ignorado y lo ignoran cuantos he interrogado-, en ese despacho se agitaban, sin duda, todos los pensamientos y todos los deseos humanos e inversamente todas las metas y todas las plenitudes.










Por la ventana abierta caía un reflejado esplendor e mundos divinos sobre las manos trazadoras de planos.Por consiguiente, el observador imparcial debe admitir que la Dirección, si se hubiera empeñado en ello, hubiera podido vencer las dificultades que se oponían a un sistema de construcción continua. Es decir, debemos admitir que la Dirección eligió deliberadamente el sistema de construcción parcial.
La construcción parcial, sin embargo, era un mero expediente y, por lo tanto, inadecuado. ¿Eligió entonces la Dirección un medio inadecuado? ¿Extra? A conclusión! Sin duda, pero desde otro punto de vista, puede justificarse. Tal vez ahora lo podemos discutir sin peligro. En esos días la máxima secreta de muchos, y aun de los mejores, era ésta: Trata de comprender con todas tus fuerzas las órdenes de la Dirección, pero sólo hasta cierto punto; luego, deja de meditar.
Una máxima de lo más razonable, que se desarrolló en una parábola que logró mucha difusión: Deja de meditar, pero no porque pueda perjudicarte, ya que tampoco hay la seguridad de que pueda perjudicarte; las ideas de perjuicio y de no perjuicio nada tienen que ver con el asunto.

Te acontecerá lo que al río en la primavera. El río crece, se hace más caudaloso, alimenta la tierra de sus riberas y guarda su propio carácter hasta penetrar en el mar que lo recibe hospitalariamente por eso. Trata de comprender hasta ese punto las órdenes de la Dirección, Pero otras veces el río anega sus riberas, pierde su forma, demora su curso, ensaya contra su destino la formación de pequeños mares tierra adentro, perjudica los campos, y, sin embargo, no puede mantener esa latitud, y acaba por volver a sus riberas y por secarse miserablemente cuando llega el verano.

No quieras penetrar demasiado las órdenes de la Dirección.Por acertada que fuera esa parábola durante la construcción de la Muralla, sólo tiene un valor muy relativo en este informe actual.

Mi indignación es puramente histórica; ya se han desvanecido los relámpagos de esa remota tempestad, y yo no me propongo otra cosa que dar con una explicación del sistema de construcción parcial -una explicación más rotunda que las que satisficieron entonces.

Los límites que me impone mi capacidad mental son estrechos; la materia que deberé abarcar, infinita.¿De quiénes iba a defendernos la Gran Muralla? De los pueblos del Norte. Yo vengo del Sudeste de la China. Ningún pueblo del Norte nos amenaza.

Leemos las historias antiguas, y las crueldades que esos pueblos cometen siguiendo sus instintos nos hacen suspirar bajo nuestros pacíficos árboles. En las auténticas figuras de los pintores vemos esas caras de réprobo, esas fauces abiertas, es s mandíbulas armadas de dientes puntiagudos, esos ojitos entornados que parecen buscar la víctima que los dientes destrozarán.

Cuando los niños se portan mal les mostramos esas figuras y ellos se refugian en nuestros brazos. Pero eso es todo lo que sabemos de esos hombres del Norte. Nunca los hemos visto y si permanecemos en nuestra aldea no los veremos nunca, aunque resolvieran precipitarse sobre nosotros al galope tendido de sus caballos salvajes -demasiado vasta es la tierra y no los dejaría acercarse; su carrera se estrellaría en el vacío.

Entonces, ¿por qué razón abandonamos nuestros hogares, el río y los puentes, la madre y el padre, la mujer deshecha en lágrimas, los niños sin amparo, y fuimos a la ciudad lejana a estudiar y nuestros pensamientos aun más lejos, hasta la Muralla que está en el Norte? ¿Por qué?

La Dirección lo sabe. Bien nos conocen nuestros jefes. Agitados por ansiedades gigantescas, saben sin embargo de nosotros, conocen nuestros pequeños quehaceres, nos ven reunidos en humildes cabañas y aprueban o desaprueban el rezo que el padre de familia eleva en las tardes rodeado de los suyos.

Y si me fuera permitido otro juicio sobre la Dirección, yo diría que es muy antigua y que no ha sido congregada de golpe como los altos mandarines que se reúnen movidos por un sueño y ya esa misma tarde arrancan de sus camas al pueblo redoblando tambores y lo arrean a una iluminación en honor de un dios que ayer ha favorecido a sus Señorías y que mañana, apenas apagados los faroles, será relegado a un rincón oscuro.

Prefiero sospechar que la Dirección no es menos antigua que el mundo, así como la decisión de hacer la Muralla. ¿Inconscientes pueblos del Norte que imaginaban ser el motivo! ¿Venerable, inconsciente Emperador que imaginó haberla decretado!

Los constructores de la Muralla sabemos la verdad y callamos. Desde la construcción de la Muralla hasta el día de hoy, me he entregado casi exclusivamente a la historia comparativa de las naciones -hay determinados problemas que no es posible penetrar sino por ese método y he descubierto que nosotros los chinos disponemos de ciertas instituciones sociales y políticas cuya claridad es incomparable y también de otras cuya oscuridad es incomparable.

El deseo de investigar las causas de esos fenómenos, especialmente de los últimos, no me abandona, ya que la construcción de la Muralla guarda una relación esencial con esos problemas.La más oscura de nuestras instituciones es indudablemente el Imperio.

Por cierto que en Pekín, en la Corte, hay alguna claridad sobre esa materia, pero esa misma claridad es más ilusoria que real. En las universidades, los profesores de derecho y de historia afirman su conocimiento exacto del tema y su capacidad de transmitirlo.

A medida que uno desciende a las escuelas elementales, van desapareciendo las dudas, y una cultura superficial infla monstruosamente unos pocos preceptos seculares, que a pesar de no haber perdido nada de su eterna verdad, resultan invisibles en ese polvo y en esa niebla.Precisamente sobre el Imperio convendría que el pueblo fuera interrogado, ya que el Imperio tiene en el pueblo su último sostén. Es verdad que sobre este punto yo sólo puedo hablar de mi aldea.

Descontadas las divinidades agrarias cuyas ceremonias ocupan el año de un modo tan variado y tan bello, sólo pensamos en el Emperador. No en el Emperador actual: para ello tendríamos que saber quién es o algo determinado sobre él. Hemos tratado siempre -no tenemos otra curiosidad- de conseguir algún dato, pero por raro que parezca, nos ha resultado casi imposible descubrir algo, ya de los peregrinos, que han rodado por muchas tierras, ya de las aldeas vecinas o remotas, ya de los marineros, que no sólo han remontado nuestros arroyos, sino los ríos sagrados.

Uno oye muchas cosas, es verdad, pero ninguna cierta.Nuestra tierra es tan grande que no hay un cuento de hadas que pueda declarar su grandeza. El cielo mismo apenas la abarca, y Pekín es un punto y el palacio imperial es menos que un punto. El Emperador, como tal, está sobre todas las jerarquías del mundo. Pero el Emperador individual es un hombre como nosotros, que duerme como un hombre en una cama que tal vez es amplísima, pero que tal vez es corta y angosta. Como nosotros, a veces se estira y cuando está muy cansado bosteza con su delicada boca.

Pero nosotros que habitamos al Sur, a millares de leguas, casi en los contrafuertes de la meseta tibetana, ¿qué podemos saber de todo eso? Además, aunque nos llegaran noticias, nos llegarían atrasadas, absurdas. En torno del Emperador se aprieta una brillante y sin embargo oscura muchedumbre de cortesanos -maldad y hostilidad disfrazadas de amigos y servidores-, el contrapeso del poder imperial, perpetuamente dirigiendo al Emperador flechas envenenadas.

El Imperio es eterno, pero el Emperador vacila y se cae; dinastías enteras se derrumban y mueren en un solo estertor. De esas batallas y esas luchas no sabrá nada el pueblo: es como el retrasado forastero que no pasa del fondo de una atestada calle lateral, mientras en la plaza central están ejecutando a su rey.

Hay una parábola que describe muy bien esa relación. A ti, al aislado, el más oscuro súbdito, a la minúscula sombra acurrucada lejos del gran sol imperial, a ti, precisamente a ti, el Emperador envía un mensaje desde su lecho de muerte.

El Emperador ha dispuesto que el mensajero se arrodille a su lado y le ha dicho el mensaje al oído; tan importante es el mensaje que el mensajero ha tenido que repetírselo. El Emperador lo ha confirmado con un signo de cabeza. Ante los congregados espectadores de su agonía -todos los muros interiores han sido derribados, y en las enormes escaleras abiertas forman rueda los príncipes del Imperio el Emperador despacha el mensaje.

En el acto el mensajero se pone en marcha; es un hombre fuerte, incansable; ya con el brazo izquierdo, ya con el derecho, se abre camino entre la turba; si encuentra resistencia le basta señalar su pecho donde brilla el signo del sol; nadie avanza como él.

Pero las muchedumbres son tan vastas; sus habitaciones no tienen fin. ?Cómo correría, si pudiera llegar a campo abierto! Qué pronto escucharías en tu puerta el retumbar magnífico de sus puños! En cambio, agota vanamente sus fuerzas; aún no ha salido de las cámaras del palacio interior; no saldrá nunca de ellas y aunque lo hiciera de nada le servirla; tendría que atravesarlos patios y después de los patios el segundo palacio exterior; y de nuevo escaleras y patios; y de nuevo un palacio; y así por miles de años; y aunque arribara a la última puerta -pero eso nunca, nunca sucederá- lo rodearía la ciudad imperial, el centro del mundo, repleto impenetrablemente de chusma.

Nadie se puede abrir camino por ahí ni con el mensaje de un muerto. Tú, sin embargo, esperas en tu ventana y lo sueñas, cuando viene la tarde.Así, de un modo tan desesperado y tan esperanzado a la vez, mira nuestro pueblo al Emperador.

No sabe qué Emperador reina, y hasta el nombre de la dinastía está en duda. En la escuela enseñan en orden las dinastías, pero la incertidumbre general es tan grande que hasta los mejores letrados se dejan arrastrar por ella.

Emperadores muertos hace siglos suben al trono en nuestras aldeas y la proclamación de un emperador que sólo perdura en las epopeyas fue leída frente al altar por un sacerdote. Batallas de la historia más antigua son nuevas para nosotros, y un vecino trae la noticia con la cara encendida.

Las mujeres de los emperadores, ociosas entre los cojines de seda, desviadas de la noble tradición por cortesanos viles, henchidas de ambición, violentas de codicia, desaforadas de lujuria, repiten y vuelven a repetir sus abominaciones. Cuanto más tiempo ha transcurrido, más terribles y vivos son los colores y con un grito de temor nuestra aldea recibe la noticia de que una emperatriz (hace miles de años) bebió la sangre del marido a grandes tragos.Así está cerca nuestro pueblo de los emperadores antiguos, pero al que vive lo juzgan entre los muertos.
Si alguna vez, alguna rarísima vez un funcionario imperial, que recorre las provincias, cae por azar en nuestra aldea, y nos transmite algunos decretos y examina las listas de los impuestos, preside los exámenes, interroga al sacerdote, y antes de ascender a su litera dirige algunas amonestaciones verbosas a la concurrencia, entonces una sonrisa alegra las caras, todos se miran a hurtadillas y la gente se inclina sobre los niños, para que el funcionario no se dé cuenta.

¿Cómo?, piensan: habla de un muerto como si aún estuviera vivo, ese Emperador ha muerto hace tiempo, la dinastía se ha extinguido, el señor funcionario nos está gastando una broma, pero no nos daremos por aludidos, para no ofenderlo. Pero realmente no acataremos sino al Emperador actual, porque otra cosa sería un crimen.
Y al desaparecer la litera surge como señor del pueblo una sombra que arbitrariamente exaltamos y que habitó, sin duda, una urna ya hecha cenizas.Paralelamente nuestro pueblo suele interesarse muy poco en las agitaciones civiles o en las guerras contemporáneas.

Recuerdo un incidente de mi juventud. Había estallado una revuelta en una provincia limítrofe pero muy apartada. No recuerdo las causas de la revuelta, ni éstas ahora importan: sobran las causas cuando es levantisca la gente.Un pordiosero que venía de esa provincia trajo a la casa de mi padre un volante publicado por los rebeldes.

Casualmente era un día de fiesta, la casa estaba llena de invitados, el sacerdote ocupaba el sitio de honor y miró la proclama. De golpe todos se reían, en la confusión la hoja se hizo pedazos, el pordiosero que había recibido abundantes limosnas fue expulsado a empujones, los huéspedes salieron a gozar del hermoso día.

¿La razón? El dialecto de esa provincia limítrofe difiere esencialmente del nuestro y esa disparidad se manifiesta en algunas formas del idioma escrito que tienen un carácter arcaico para nosotros. Apenas hubo leído el sacerdote un par de líneas, nuestra decisión estaba tomada. Viejas cosas, contadas hace tiempo, hace tiempo cicatrizadas.

Y aunque -así me lo asegura el recuerdo- la actualidad hablaba palmariamente por boca del pordiosero, todos movían la cabeza y reían y rehusaban escuchar más. Tan inclinado está nuestro pueblo a ignorar el presente.

Si de tales hechos se infiere que no tenemos Emperador, no se estará muy lejos de la verdad. Lo digo y lo repito: No hay un pueblo más fiel al Emperador que el nuestro del Sur, pero de nada sirve al Emperador nuestra fidelidad.

Es cierto que el dragón sagrado está en su pedestal a la entrada de nuestra aldea, y desde que los hombres son hombres ha dirigido hacia Pekín su aliento de fuego, pero Pekín es más inconcebible para nosotros que la otra vida.

Existirá realmente una aldea de casas encimadas que cubre un espacio superior al que domina nuestro cerro, y- será posible que entre esas casas haya hombres hacinados todo el día y toda la noche?

Menos difícil que figurarnos esa ciudad es pensar que Pekín y su Emperador son una sola cosa: una tranquila nube, digamos, que eternamente gira cerca del sol.De tales opiniones resulta una vida relativamente libre, desembarazada. No una vida inmoral: yo no he encontrado en mis andanzas una pureza de costumbres igual a la de mi aldea.

Una vida, con todo, que no sabe de leyes contemporáneas, y sólo reconoce las exhortaciones y los avisos que vienen de tiempos remotos.Me guardo de generalizaciones, y no pretendo que suceda lo mismo en las mil aldeas de nuestra provincia o en las quinientas provincias del Imperio.

El examen de muchos documentos, corroborado por mis observaciones personales, las vastas muchedumbres movilizadas para levantar la muralla daban a los hombres sensibles una ocasión de recorrer el alma de casi todas las provincias; ese examen -repito- me permite afirmar que la concepción general del Emperador concuerda esencialmente con la que se abriga en mi aldea. No afirmo que esa concepción es una virtud: al contrario.

Es indudable que la responsabilidad principal incumbe al gobierno, que en este Imperio -el más antiguo de la tierra- no ha conseguido desarrollar o no ha querido desarrollar las instituciones imperiales con la precisión necesaria para que su influencia llegue directa e incesantemente a los extremos límites del país.

Por otra parte, el pueblo adolece de una debilidad de imaginación o de fe, que le impide levantar al Imperio de su postración en Pekín y estrecharlo con fuego y con amor contra su pecho leal, aunque en el fondo no ambiciona otra cosa que sentir ese contacto y morir.

Por consiguiente, nuestra concepción del Emperador no es una virtud. Tanto más raro es que esa misma debilidad sea una de las mayores fuerzas unificadoras de nuestro pueblo; sea, si me permiten la expresión, el suelo que pisamos.

Declararlo un defecto fundamental, importaba no sólo hacer vacilar las conciencias, sino también los pies. Y por eso no quiero proseguir el examen de este problema.