martes 13 de diciembre de 2011

El profesor


Era el profesor de Pensamiento de Mao Zedong; pero también impartía Teoría de Deng Xiaoping y Marxismo. 2008, Año de Gracia de la China Moderna, en una universidad tecnológica del norte del país. Marcial, con sus libros al pecho, impávido… como salido de una película del viejo Shanghái. Llegaba al aula y con solo decir: “Estudiantes, ha comenzado la clase”, todos se ponían de pie y en una prolongada reverencia coreaban “Laoshi Hao” (Saludos, Sr. Profesor).

Le distinguían sus gafas redondas, el orgullo de pertenecer al Partido Comunista  y su bata blanca de solapa elegante. Los estudiantes de los primeros años le creían profesor de Física, Química o de Circuitos Integrados. Aquellos, de los últimos años –ya librados de sus extensas diatribas- lo comparaban con el farmacéutico, o el barbero de las calles, herencia del Pekín de antaño.
Ordenaba a los estudiantes sentarse, abrir el libro en la página exacta y luego “ponerse las manos detrás, cruzadas, con el dorso de las palmas tocando la espalda”. Era su modo de asegurar total atención y que nadie se entretuviera con los “artefactos” (móviles, reproductores de música, o miniconsolas de juegos).  Su voz aguda dominaba todo el recinto, disertando sobre los aportes de la “Teoría de Mao”. Escucharlo era no creer que aquel Libro Rojo del Gran Timonel había quedado destinado a ser uno de los suvenires  más comprados por los turistas.

Sus explicaciones iban a la profundidad de la “aparente sencillez” de las frases del célebre librillo, citado hasta el cansancio en diálogos cotidianos, actos revolucionarios y de repudio, círculos de estudio político y al momento de contestar el teléfono durante los lejanos años de aquella Revolución Cultural.

“El presidente Mao nos ha enseñado que los países imperialistas son como un tigre de papel”, feroz en apariencia; pero sometidos al fuego, se tornan cenizas.  En vísperas de las olimpiadas y el soft-power , de la globalización y los intercambios culturales, de la expansión del mensaje informativo con características chinas, él era el agorero del tiempo que sería.

Después del almuerzo, leía el diario sentado con su bata blanca en un parque del campus. El era la pausa, el fantasma entre el ir y venir, las risas y los timbres de bicicleta. Así había sido en los últimos 30 años de aquella respetable universidad, hasta que un estudiante novato, víctima de los  “viejos lobos”  se le acercó para preguntarle: “Patrón, ¿cuándo termina su horario de almuerzo?  Seré el primero para cortarme el pelo.

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada